Salto de línea
Todo lo dicho se escurre como el agua por la tapita agujereada del lavaplatos. Todo se va, se deja ir, se espesa en las cañerías y desaparece. Se vuelve mar, de recuerdos obvio. Todo y todos.
En la presencia constante del miedo, se hacen mayores los niños y luego compran diarios que destiñen y no usan jamás fijador para el cabello porque son lacios, de pelos y de ideas.
Otra esquina que se suma a las anteriores. Si miro hacia atrás veo nudos, viejos barcos.
El canalla estaba sentado en un cajón de cerveza, sin camisa, tenía un ojo chanfleado y con el otro miraba fijo un perro medio hecho mierda que estaba echado a sus pies. Limpié con la mano derecha el pico de la botella, tomé un trago y se la devolví. Dejó de mirar al perro, me miró a mi ¿qué limpiás puto del orto? me dijo. Disculpe usted, dije yo. Seguimos bebiendo pero ya no fue lo mismo.
Encendimos la música y bailamos sin tocarnos. En la casa, la fiesta ocupaba baños, espejos y cajones.
Una feroz golpiza, los sueños que no se cumplen.
La suelta de párrafos cubrió el cielo de malas palabras.

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