Novelaria

Relatos Breves. Frases Sueltas. Mala Ficción.

Una forma de andar

Un hom­bre solo cam­ina bien pegado a la pared que cus­to­dia su flanco dere­cho. Cada dos o tres pasos mira hacia atrás. Es demasi­ado lo que mira hacia atrás y cae. Primero tropieza y luego cae. Al caer no hace ruido alguno. No hay nadie que lo vea. El hom­bre ríe despa­cio, acom­pañando cada ja con un soplido de can­san­cio. Es para él la risa una rutina. Se lev­anta y sigue camino. Bien pegado a la pared.

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La Dislocación

No soportaba que su mirada se quedara siem­pre apun­tando al mismo lugar. Era como si ahí estu­vieran pasando cosas que sólo ella podía ver. Pero no quiero tam­poco usar esto como una catarata de fal­sas y pon­zoñosas acusa­ciones. Debo admi­tir que en un prin­ci­pio no me molestaba. Sí me dejaba un tanto sor­pren­dido, pero me di cuenta que en real­i­dad no era nada impor­tante y que por otro lado me per­mitía a mi, lib­er­arme de sus horas y reubi­carme un poco más en las mías. Pero la cosa se puso cada vez más extraña.

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La convocatoria de los vasos

El viento nivela su pelo, que decide ir para la izquierda. Hay en el ambi­ente un olor dulzón, casi agre­sivo. El hom­bre, vestido con un traje mar­rón, mar­cado por finas rayas ver­ti­cales de color amar­illo, que quizá fueran blan­cas en el esplen­dor de la prenda, cierra la puerta a su espalda y se deja caer sobre un sil­lón de pana verde, gas­tado. Al tocar su cuerpo la tela, una fina nube de polvo se desprende. Al hom­bre parece no molestarle.

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Poder para no hacer

Hace días que quiero escribir
y no puedo
Quiero escribir las cosas que sueño
Quiero escribir que sueño con edi­fi­cios
y escaleras
Y tam­bién sueño con ter­re­mo­tos
mien­tras mis ami­gos y yo
miramos las luces de la calle moverse
por que tiem­bla
tiem­bla toda la tierra bajo los pies.
Hace días que quiero escribir
que sigo soñando
sólo que a veces
olvido hac­erlo mien­tras no duermo.

¿Qué quiero escribir? Lo que me quema la cabeza por las noches, antes de dormir. Pero quiero romper las líneas mon­struo. Esa amal­gama de calor humano, pega­joso y adje­ti­vado que son mis pen­samien­tos. Dientes afi­la­dos para mar­car el ritmo del mas­tique, pero muy acos­tum­bra­dos a morder siem­pre en el mismo lugar. Quiero salirme de la ruta y desan­dar lo andado. Matar a Víc­tor Heredia.

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Ah, qué delicia!

Dar vuelta la cin­tura. Quedar que­brado. Con la cara pegada al viento. Con el viento en con­tra. Dar vuelta la cin­tura y ser poco humano. O más humano que nunca. Incon­forme. Presto a la nada y que me sigan invi­tando. Estoy hecho de ausen­cias. De todas las que ya no están. Eso son las ausen­cias no? Mujeres que se fueron a fumar a otros balcones.

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Perros, porros

–Porque vos tenés un perro no? Tenés un perro y a veces jugás con él. Al prin­ci­pio jugabas más pero después ya dejó de intere­sarte, no me mal­in­ter­pretes, el amor a mi perro y blah blah siguen estando, pero esto es otra cosa. La novedad o esa adren­a­lina ini­cial de estar con él se fueron y apare­ció el car­iño. O esa ocu­pación de los días que hacen las cosas y la gente cuando las vemos seguido. No se. Como agre­garle carne a la albóndiga.

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Deseos

Que todo el dolor se escurra. Se haga tinta con el papel y el papel, incen­di­ado, sobre­vuele la comarca, el cemente­rio, las luces difusas de aquel día de llu­via. Quiero fumarme los pape­les, esos que escribiste la noche que me cono­ciste y decidiste que yo no era un hom­bre para vos. Quiero fumarme las esperas, los sins­a­bores, el pliegue de tu cara al olvidarme.

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Adiós y gracias

Hola, te escribo para decirte que ayer, mien­tras esper­aba el colec­tivo, te vi pasar. Ibas de la mano de un tipo. Digo tipo porque tenía la cara hun­dida por los años y para serte sin­cero, creo que ya estaba pasado de noches y frusta­ciones, de traiciones y resacas. Estaba en oferta viste?

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Salto de línea

Todo lo dicho se escurre como el agua por la tapita agu­jereada del lavaplatos. Todo se va, se deja ir, se espesa en las cañerías y desa­parece. Se vuelve mar, de recuer­dos obvio. Todo y todos.

En la pres­en­cia con­stante del miedo, se hacen may­ores los niños y luego com­pran diar­ios que des­tiñen y no usan jamás fijador para el cabello porque son lacios, de pelos y de ideas.

Otra esquina que se suma a las ante­ri­ores. Si miro hacia atrás veo nudos, viejos barcos.

El canalla estaba sen­tado en un cajón de cerveza, sin camisa, tenía un ojo chan­fleado y con el otro miraba fijo un perro medio hecho mierda que estaba echado a sus pies. Limpié con la mano derecha el pico de la botella, tomé un trago y se la devolví. Dejó de mirar al perro, me miró a mi ¿qué limpiás puto del orto? me dijo. Dis­culpe usted, dije yo. Seguimos bebi­endo pero ya no fue lo mismo.

Encendi­mos la música y bail­amos sin tocarnos. En la casa, la fiesta ocu­paba baños, espe­jos y cajones.

Una feroz golpiza, los sueños que no se cumplen.

La suelta de pár­rafos cubrió el cielo de malas palabras.

De filos, asperezas y callosidades

Y así, con la cara apre­tada con­tra las sábanas. Emi­tiendo res­pira­ciones que calenta­ban los no se cuán­tos hilos de las sabanas. Viendo en bor­rador los dibu­jos que intenta­ban o yo nece­sitaba que algo me dijeran. Vengo lle­gando de otro lado, como siem­pre. Y cuando llego tam­poco parece que hubieras estado esperando. Ni a mi, ni a nadie. Aunque nadie es quizá una forma más del anon­i­mato de tu amor. De espalda con­tra espalda para ver, uno lo que fue, el otro lo que quiere ser. Y así, damos vuelta esta hoja de esta agenda de este raro clima de estos años y bus­camos el telé­fono del que nos quiera escuchar. Nada.

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